MADERA#5

MADERA 5 reúne a once autores bajo el tema “confusión”. A continuación puedes leer el prefacio editorial y uno de los relatos publicados.

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Prefacio Editorial

Esperé muchos días antes de escribir este texto. Llegué a pensar que no me iba a dar tiempo. Después pensé en el propio tiempo. Como si todo lo que está a nuestro alrededor estuviera hecho de tiempo: este texto, estos textos, las palabras, los recuerdos; autoras y autores hechos de un tiempo elástico, maleable, perdido. ¿Para qué sirve escribir? ¿Para qué sirve leer? ¿Por qué nos tomamos la molestia de enjaular un tiempo tan preciado? Podríamos estar ahí fuera, haciendo por vivir la vida, rodeados de naturaleza, y de amantes, y de la simple vibración de una ola profunda. Entonces, ¿Para qué?

Me gustaría encontrar una respuesta certera, pero me temo que no la hay. Por algún motivo, dejarse atrapar por las redes de la complejidad es un fuerza magnética, tan válida y peligrosa como la gravedad. Tan real e hipnótica como caminar en el borde de un precipicio. Nunca existe una sola respuesta a una misma pregunta. No hay una fórmula. No existe una base teórica en la que apoyarnos, y si existe, es una tremenda mentira.

Reconozco que a veces me gusta sentir que la gente cercana me mienta. Sentirlo como un roce, como un susurro. Y después la piel erizada. Y ser mínimamente consciente de que las mentiras forman un código de realidad. O que a veces formemos parte de ellas, mintiéndonos a nosotros mismos. Con descaro, o con suavidad. Sé que mentir está mal, y no me malinterpretéis, no me refiero a la mentira burda y vulgar, hablo de esos pellizcos que forman cascadas, ríos de lava, que queman por dentro.

¿No es sino escribir y leer ficción, la expresión de esas mentiras?

No busquéis ningún sentido a nada de esto: la confusión es un estado de libertad pura.

Oliver Besnier.


Noé Venegas

La historia de los ocho pianistas

Algunos aseguran que Manzini estuvo dentro del palacio, otros, con similar certeza, que ni siquiera conoció las estancias de Petronela. Lo que sí parece ser cierto -y pondría la mano en el fuego, fascinado por la historia- es que ella escuchó íntegro el extraño recital de los ocho pianistas. Ochenta extremidades inventaron al unísono la maravillosa e inolvidable melodía que en breve, sin duda alguna, conquistará también tu mente, amor. Es sabido por todos que existen realidades sin solución e ideas que aterrizan hasta acomodarse ad eternum, pues bien, Petronela fue una de esas realidades donde el tiempo desaparece. Sea como fuere, Manzini ha sido y será la única invitada a Petronela que logró sintetizar en un silbido, el recital completo. Contaré cómo ocurrió: una noche, sedienta, Manzini bajó las escaleras y atravesó el taller de esculturas del abuelo. A esas horas, la luna iluminaba de forma tenue los pulidos mármoles de los bustos, mientras la tinta de los enormes mapas que empapelaban la sala, brillaba en las sombras. Antes de llegar al patio, Manzini tuvo que esquivar una veintena de ángeles y niños de alabastro soltando pájaros al aire. Estilizadas mujeres de bronce levantaban sus brazos perfectos al cielo y robustos hombres de mármol se abrazaban, sonriendo; envueltos en la tiniebla, parecían poder moverse. Palpando todo aquello, confundida entre bases de madera y bustos de diorita, Manzini se desplomó en medio del pasillo, cegada por la oscuridad y el sueño. Un profundo dolor la obligó a agarrarse el dedo índice, notando al instante la grave torcedura que trasladó su mente hasta Petronela. El alma se encuentra en medio del mundo y a veces viaja a lugares inéditos y asombrosos; sólo así continua el gran sueño de la fe de la noche.

Segundos después, Manzini tiró del hueso y lo colocó en su sitio; el viaje había sucedido. La canción ya sonaba dentro de ella; ella era ahora el alba y la aurora de Petronela. Si lo pienso es extraño que te vaya a contar la historia de los ocho pianistas, pero lo es aún más que comience con el relato del incidente de Manzini. A saber: hordas hay que piensan infinitos, pero sólo unos pocos son capaces de traer luz de lo oscuro; mi madre es una de ellos. En Roma, la gente decía que estaba loca o más bien, que había enloquecido tras la muerte de papá, por eso nosotros vivíamos en el extranjero y sólo visitábamos la mansión en verano.
Al llegar a casa de la abuela, mi cabeza solía llenarse de pequeños proyectos en los que me imaginaba perplejo, envuelto en leves estados de satisfacción, al acercarme a la vieja librería de Carla Ofanto. Sí, la librería de mi abuela tiene nombre, el mismo nombre y apellido de su tatarabuela y de todas sus sucesoras hasta hoy, incluyendo a Manzini, que se lo cambió en homenaje a su padre. La leyenda cuenta que al cumplir el medio siglo, todas las mujeres de la familia experimentan un delirio arcano que las conduce a acabar con la vida de sus maridos, obsesionadas con perpetuar la dinastía Ofanto. La familia de la abuela fue muy conocida en Roma, donde llegó a poseer una significativa villa. En las viejas “Crónicas Romanas” de Silvio Monteverdi -en concreto en el segundo tomo, capítulo doce- se recuerdan con especial asombro, los sublimes recitales que la familia organizaba en sus jardines desde mediados del siglo XVI. Dichos eventos, colocaron a la familia de la abuela en lo más alto de las esferas de poder, de hecho parece ser que los Ofanto llegaron a competir por el papado con ilustres familias como los Doria-Pamfilj o los Boncompagni Ludovisi. Además, según ciertos rumores, los Ofanto también pertenecieron a los círculos secretos que se reunían en el castillo de Sant’Angelo, para leer y traducir fragmentos de los libros sagrados de las grandes teocracias mayas.
Mi abuelo, Hidalgo Manzini -que en realidad se apellidaba Manzano, natural de algún rincón perdido de La Mancha- amasó una pequeña fortuna en México con la que compró un palacete a orillas del Tiber. Cuando llegó de Veracruz, traía en una mano un saco de onzas de oro y en la otra a un niño mestizo, que más tarde sería mi padre. Como era normal en esa época, los indianos traían mestizos de América para instalarse con más facilidad en Europa; en aquel tiempo, los sirvientes exóticos otorgaban un grado plus de fama y honor a los aventureros; poco a poco la imagen de Roma se confundió con la de México-Tenochtitlan. Hidalgo terminó de convencer a los tercos Ofanto de que él debía ser el marido de su hija menor, descubriéndoles el pulque y las libaciones de peyote que muy pronto sellarían la decadencia de la familia; de hecho, la existencia de esta dinastía sólo es demostrable gracias a las crónicas de Monteverdi.
La familia de mi abuela siempre rechazó a mi padre por el hecho de ser mestizo. La falacia de la pureza de la sangre enloqueció tanto a la nobleza como a los indios. Estos últimos creían que los mestizos carecían de alma y debían ser exterminados. A pesar de todo, consiguió casarse con mi madre y diseñó la ciudad donde se erigiría Petronela, el lugar más armónico del universo, un espejo de perfección y paz. Allí, a poca distancia de la urbe romana, lejos de las ruinas, debería levantarse esta réplica del mundo repleta de gabinetes de curiosidad.

* * *

Aquel verano en el que empecé a escribir el cuento sobre Manzini, había encontrado el tomo de un ilustre jesuita que ya hablaba de la historia de los ocho pianistas. La Compañía de Jesús quiso universalizar el mundo, despertando el espíritu que resucita el pasado. La teología y la historia, el hermetismo platónico y la maldad innata de los indios, se mezclaban en una prosa que rozaba el exceso, reino que esconde el vacío de la vida. La obsesiva lectura de aquel libro me indujo a preguntar a mi madre sobre los mapas del taller y sobre la verdadera razón por la que nunca habíamos viajado hasta allí. Manzini confesó que muchos de esos lugares ya no existían y que otros, con seguridad, jamás lo habían hecho. Me contó que desde la torcedura, cada noche visitaba aquel lugar sin motivo aparente y que se perdía por sus pasillos sin saber qué hacer, subiendo escaleras de caracol, asomándose a sus torres, acariciando las brillantes armaduras de la oscuridad. Antes de despertar, sentía acercarse a un ser orondo y orgulloso; un alma de extrema crueldad. Si como dicen, el alma humana gobierna al cuerpo y el alma universal gobierna al hombre, este alma cruel gobernaba los sueños o en su defecto, la locura. Manzini era arrastrada por los pasillos de Petronela, obligada a contemplar sus obeliscos, mientras soportaba las melodías de las misteriosas arpas eólicas que el viento despertaba en las ventanas. Atrapada en su arquitectura, corría desesperada hasta el salón del recital donde aquel magnate de los sueños la invitaba a injerir un bebedizo; poco después llegaban los ocho pianistas y daban su recital. Al acabar, el magnate contaba la historia completa de los ocho enigmáticos hombres.
Por culpa de aquel sueño, Manzini pasó días enteros sin dormir aquel verano. Yo la acompañaba a dar interminables paseos por el río. Ella solía quedarse anonadada mirando los reflejos del agua cuando una barca pasaba y surgían series de olas. Decía que Petronela era como esas vibraciones acuáticas donde sombras de animales cruzaban a la otra orilla, llenando de fantasmas el espacio. Pero esta no es una historia de fantasmas. Manzini hablaba mucho y se repetía a menudo, pero si uno la escuchaba atentamente, encontraba pequeñas variaciones dentro del discurso, incluso cuando se quedaba en silencio mirando las cartas, murmuraba palabras. Una de esas tardes, jugando a los naipes en el salón de Carla Ofanto, Manzini se manifestó de forma reveladora: “A veces subo las escaleras de Petronela y dejo los dientes arriba hasta hacerme de oro. Sólo entonces entiendo que somos el moho de las burbujas flotando en el cosmos y que algún día, los monos narigudos heredarán el planeta, debido a su inteligencia superior. Adan y Eva son marionetas que nos dirigen con sus largos dedos hacia la tumba, desde ese lugar perdido en el espacio que emite ondas, rigiendo nuestros actos, gobernando el pensamiento. En Petronela saben que las sombras se extienden y la tierra las bebe sin amarlas…”.
Este fue el principio de la historia de los ocho pianistas que yo copié de la boca de Manzini. Entera ocupó cien veces más y me costó dos semanas pasarla a limpio, tiempo que mi madre permaneció acostada, como si supiese que aquel ser de los sueños estaba encerrado, en realidad, en la narración.

* * *

La tarde que bajé por la orilla del río para llevarte el relato, Petronela, Manzini se quedó en casa. En la orilla del río, algunas madres bañaban a sus hijos. Roma, a pesar de ser una ciudad calurosa y seca, poseía el enorme caudal tiberino, similar al de los países del norte, que aliviaba el verano. Bajo los puentes navegaban pequeños barcos, vomitando su oscura columna de humo, repletos de viajeros accidentales, mercachifles y bocones apelotonados en la borda. Subí a uno que se acercó al embarcadero cerca de Trilusa para bajar al barrio judío. Al cruzar el puente Sisto, observé a un hombre beber agua del río con las manos; se trataba de un indio de Yucatán. La mayoría se habían asentado en los foros trajanos; durante las noches sus ojos se volvían verdes en la oscuridad. En Piazza Navona solían hacer ahorcamientos de chamanes y lapidaciones de criollos. De vez en cuando aparecía un obispo flotando en el Tiber o un barco de monjas ardiendo en los embarcaderos. Los indios habían tomado las catacumbas de Roma y eran reyes y señores del ultramundo; recogían cadáveres en las calles y cimentaban la ciudad con huesos humanos. A cada calavera le tatuaban un número en la frente con el que calculaban el fin del tiempo. Así como las madres no dejaban ya solos a sus hijos con curas y cardenales por su perversa deriva, nadie se atrevía entonces a no volverse en un callejón oscuro por miedo a la sed de mal de los indios. Dichos acontecimientos provocaron que el Vaticano quedase decorado con las esculturas de Moctezuma y Huitzilopochtli en vez de las de San Pedro o San Pablo. Eran inmensas, colosales; la más grande era la de Itzcóalt que mide al menos treinta metros, colocada justo al lado del Coliseo, oteando la silueta de la ciudad eterna.
Desembarqué en la Isla Tiberina y me dirigí a la torre medieval que marca la finca de los Amat. Te confieso: desde hacía más de tres veranos, yo te amaba desconsolado, Petronela Amat Machicao, bisnieta del virrey Manuel de Amat y Junyent. Yo, que nunca había tenido nada, quería regalarte la historia de los ocho pianistas, escrita de mi puño y letra, contada por Manzini, la única testigo de aquella maravilla imaginada por mi padre. Me agarré al forjado y entre los barrotes te vi pasear por el jardín, al lado de la fuente de las sirenas lombardas. Una de ellas me miraba mientras bebía de una caracola, imaginé entonces a mi madre bebiendo, soñando en Petronela. Pronuncié tu nombre, llamé tu atención. Me viste. Así como ni Shakespeare, ni Cervantes, ni Petrarca juntos podrían haber escrito el libro del glorioso jesuita que leí aquel verano, tampoco nadie podría igualar la felicidad que me ofrecieron tus ojos. Allí, Petronela, fuiste algo más que un sueño; la historia de los ocho pianistas, algo más que un relato. El delirio de Manzini se convirtió en la posibilidad de llegar a ti, de acceder al amor a través de las palabras. Yo, un escriba celestial, aficionado a la literatura oral, veía cómo mi Cleopatra avanzaba por los huertos imperiales hacia mi encuentro. Me acariciaste la mano y sonreíste. Quisiste allí mismo leer la primera página. Mis ojos lloraron de alegría al oír tu silencio, pero en el clímax del relato, ocurrió un grito de tu boca y huiste. La guardia de los Amat me acorraló en la misma fuente donde fui ahogado con el relato entre los dedos, contemplando cómo se ennegrecía el agua, perdido en esta novela mundo, en este mundo sueño, en este sueño mundo. Al final, no fui más que un resumen del relato de mi madre, nada más que el hijo de una loca, el descendiente de un mestizo, uno más de los enfermizos y descastados Ofanto, un siervo del amor. Nunca fui parte de este imperio ni del otro y cualquier indio me habría degollado sin pensarlo, antes que a cualquier romano. Lo peor fue morir viendo diluirse la tinta de la historia de los ocho pianistas con todo lo que ella encierra, sabiendo que las sombras se extienden y la tierra las bebe sin amarlas.

© Noé Venegas. Todos los derechos reservados. 2018