MADERA#4

MADERA #4 reunió a 100 autores. 100 héroes íntimos. 100 relatos. Escritos en primera persona, se trató de buscar una confesión, una aproximación a la intimidad narrativa de cada autor. El resultado fue emocionante.

A continuación podéis leer el prefacio editorial y algunos de los relatos publicados.

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Prefacio editorial

El primer borrador del prefacio que escribí para este número de Madera se lo enseñé a mi mujer y dijo que no le gustó nada. Que a veces me complico mucho la vida, y que doy muchas vueltas para explicar algo sencillo.

Primero me enfadé, y después recapacité. Y volví a escribirlo. El primer borrador venía a decir algo tan simple como que cuando escribimos lo hacemos para nosotros, y que es un acto heroíco. Algo tan sencillo como eso. Pero después, al pensarlo mejor, entendí que en el fondo escribimos para alguien. Por supuesto que somos nosotros mismos, pero detrás hay una confesión, o una declaración, para otra persona. Muchas veces no sabemos quién es esa persona, tal vez tardemos años en encontrarla, talvez no la ubiquemos del todo; pero no cabe la menor duda: esa persona existe.

Mientras estaba escribiendo estas líneas me pidió que la abrazara y yo le dije que no, que estaba concentrado escribiendo. Ya la abrazaría cuando terminara. Porque lo que sí es cierto es que cuando escribimos, lo hacemos con intimidad, y muchas veces en soledad.

El primer borrador también hablaba de un mapa, del tejido de un mapa, y de cómo nos perdemos en él, voluntaria o involuntariamente. Así de sencillo. Como si ese tejido fuera la literatura. Y que nosotros, al escribir, pretendemos trazar una línea recta y perfecta en ese mapa. Hecha de confesiones íntimas vertidas sobre el papel. Porque al fin y al cabo lo que habéis escrito es más que un relato de trescientas palabras, es muchísimo más. Es ese momento de total libertad en la que ensalzarnos, agudos y punzantes, contra nosotros mismos, buscando a esa persona. La intención última de escribir es curarse, y que a través de los textos podamos ser un poco más lo que realmente queremos ser.

No importa si está escrito en primera persona, de hecho, el texto de la autora que inaugura Madera 4, está escrito en tercera persona. Pero yo sé que en el fondo, muy en el fondo (o muy cerca de la superficie) lo hace en primera persona. Sé que esas palabras, en boca de un personaje, y de una situación completamente ficticias, surgen de la confesión inmediata a la que se somete cualquier escritora (o escritor) cuando escribe. Y eso es ser un héroe, o una heroína. Porque además conozco a Anna, la conocí en Barcelona un día de Invierno, y le dije lo que os estoy diciendo a vosotros, que nadie, absolutamente nadie (ni nada), puede arrebatar la libertad de pensar y manifestar lo que somos. Porque en su texto también hay un mapa, y también alguien que aprende a encontrarse. No importan las formas; se trata de hablar a través de las experiencias. De iluminar un poco nuestra oscuridad, para así por lo menos intentar que otros, nunca se sientan abandonados. Crear historias con una única finalidad, aquella que nos atrapa en esa red de palabras y nos deja ser un poco más libres.

Oliver Besnier.


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Gilberto Moreno Ramos

Hoy estuve pensando en el invierno de Berlín.

Recuerdo a mi hermano Olmo tirado en la cama besando la frente de mi padre y abrazando su cuerpo frágil. Recuerdo que yo estaba congelado y horrorizado.

Si alguien me pregunta acerca de mi padre, de su actitud última ante la muerte, yo no sabría que decir.

Lo último que recuerdo es que su hermano Pablo vino a visitarlo desde la Ciudad de México. Recuerdo que mi padre me pidió tocar un disco de Chava Flores. Mi padre Gilberto ya no tenía voz. Lo que salía de su boca era un hilo frágil.

Él dijo: Chava Flores, trae a Chava Flores para Pablito.

Yo traje el disco y lo reproduje en la grabadora. No sé que hicieron en la habitación pero seguro se estaban divirtiendo.

Desde entonce yo ya no escucho la voz de mi padre. Él ya no dice nada. Y a mí me dolió tanto su silencio que me puse a caminar como un desesperado. Para mí Colima era como el cáncer de mi padre. Yo ya no pude separar lo uno de lo otro.

Ahora vivo en Berlín. Tengo tres euros en mi bolsa y pienso comprarme otra cerveza. Cada vez tomo menos alcohol. Cada vez me despierto más temprano. Cada vez compongo más música y cada vez toco más mi guitarra. Cada vez conozco menos gente y cada vez me interesa menos la exuberancia del metro de Berlín.

Hoy voy a tomarme una cerveza pensando en Pablito, en Chava Flores y en mi padre. Hoy voy a tomarme una cerveza pensando en el Gilito obediente que no sabía qué hacer cuando su padre se esfumaba brutalmente. Ese Gilito horrorizado que aprendió a caminar con un hoyo negro en el pecho.

Y ese hoyo negro es el invierno de Berlín, el interminable frío de Berlín. Con sus ramas secas y sus colores pálidos. El mismo color de las manos tiernas de mi padre. Tan tristes y vacías, tan infatigables y amorosas.

©Gilberto Moreno Ramos. Todos los derechos reservados. 2018


 

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Los pensamientos privados

Paula Colmenares

Me gusta cuando ceno salmón ahumado o jamón serrano y lo cojo con la mano porque cuando me voy a dormir y estoy en la cama con el pijama y la luz apagada me huelo los dedos y, aunque me haya lavado las manos, sigue oliendo a salmón o a jamón serrano y me imagino un banquete medieval con cerdo asado y sudoroso y con una manzana roja en la boca (como los he visto en la tele, cuando hay películas de actores aceitosos y no existe ni el decoro ni el mantel). Me imagino que todos comen con las manos sobre la madera desnuda y les chorrea la grasa por los antebrazos y tienen los dedos pegajosos y pienso que si se lo contara a mi madre me diría que eso es una guarrería y me gusta pensar que no puede saberlo. Eso me parece bien. Pero mi padre dijo hace dos años:

–Mis pensamientos privados seguirán siendo privados cuando yo me muera.

Y yo me acordé el otro día y le pregunté si él se acordaba. Dijo que sí, y que era triste.

–Tú lo dijiste como algo positivo. –le dije. Si te acuerdas de haber dicho una cosa pero no te acuerdas de cómo la dijiste, es como si no te acordaras de haberla dicho.

–No, es triste.

Lo había dicho cuando me llevó al campo para contarme que había engañado a mi madre.

No me apetecía decirle eso. Probé con esto otro, a ver si así recordaba:

–Lo dijiste como si fuera una condición para la convivencia.

Me acababa de lavar el pelo y estaba todavía mojado y, aunque tardó sólo unos segundos en contestar, noté cómo se ahuecaba y engordaba alrededor de mi cabeza.

–Otra cosa es que yo estuviera intentando justificar mi clandestinidad.

©Paula Colmenares. Todos los derechos reservados. 2018


 

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Cangrejos

Antonio Barcelona

En una de las fotografías que me regaló, aparecía sin sonreír, o tal vez sonreía como lo haría un cangrejo. Uno que se hubiese quedado muchas horas al sol, que hubiese empezado a secarse, que ya no pudiera moverse y solo le quedara sonreír.

Así estaba ella, mirándome con pena, mirando a la nada, al vacío que se extendía detrás de mí. A lo mejor intentaba mirar a los días anteriores, a los que nos habían traído hasta esa playa. A la última oportunidad de entendernos. En una de las fotografías que dejó sobre la cama el día que se marchó.

©Antonio Barcelona. Todos los derechos reservados. 2018


 

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Plan de pensiones

Andy Mahía

Venderé mis pertenencias y reuniré todo el dinero que pueda. El piano, los tres o cuatro cuadros, los libros y los discos. No tengo nada más. Reuniré el dinero y me largaré conduciendo hasta que necesite más dinero. Entonces venderé el coche y me acomodaré en un pueblo pequeño y amable, donde no sospechen demasiado de los extranjeros. Y allí trabajaré de camarero o de ayudante de cualquier cosa hasta reunir lo suficiente como para poder seguir hacia el sur o hacia el este, hacia el mar o hacia las montañas nevadas.

Todo esto si no me enamoro por el camino. Porque si me enamoro me quedaré a tu lado, amor, recorriendo todos tus lunares y tus pliegues, escuchando tus gemidos leves o tus gritos, atándote a la cama, pidiéndote que no te muevas, jurándote que hoy me toca a mi decidir cómo follar.

Pero aunque pasemos noches legendarias caminando entre viñedos y escuchando el chirriar de las lechuzas, llegará un día en el que la carretera me mire a los ojos. Y querré marcharme después de vender la mecedora y los libros, el baúl que me regalaste, la moto que compartimos.

Y entonces pisaré el acelerador hasta sentir pánico y buscaré un hotel barato cerca de la costa. Un hotel con mármoles falsos y barandillas de metal, en el que deslumbrar a la recepcionista con mi sonrisa de hombre de mundo y pasear después hasta que los camareros recojan las terrazas, cansados y fumando. Pues ya veréis cuando llegue el verano, hijos de puta, ya veréis cuando tengáis que currar once horas entre una jauría de ingleses borrachos.

Lo más parecido a la sabana africana y a sus ciclos salvajes de hambre, huida y destrucción es el gran negocio de la hostelería mediterránea, dice la recepcionista, cargada de poesía.

©Andy Mahía. Todos los derechos reservados. 2018


 

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Fiat Panda

José Lorente Guillén

Una vez recorrí los 378 kilómetros que separan París de Nantes en el Fiat Panda de una chica alemana. Fue lo más cerca que he estado en mi vida de comprobar la teoría de la relatividad de Einstein: el tiempo entre dos eventos medido por dos observadores no coincide, sino que depende del estado de movimiento de los observadores. Esta chica se empeñaba en difundir la tradición de su pueblo de no tener límite de velocidad en las autopistas, de tal modo que dentro del Panda se generaba una dimensión independiente en la que el tiempo transcurría de forma distinta. Para empezar aquel coche, por el sonido del motor y por los estratos de mierda en sus alfombrillas, debía de tener unos cien años. Como el Fiat Panda empezó a fabricarse en Italia en 1980 sólo se me ocurría que se trataba de un Panda del futuro, un Panda fabricado en 1980 que, gracias a la capacidad germánica de superar la velocidad de la luz y encontrar agujeros de gusano, llevaba un siglo viajando en el tiempo. Además, en la radio la chica llevaba un cassette que sonaba exactamente igual al soul de la Motown de los años 60, pero cantado en alemán. Yo no entendía en qué extraño universo paralelo la Motown había grabado sus éxitos en alemán. Cuando llegamos a Nantes se me ocurrió ir a una casa de apuestas nacional para apostar en el Paris Saint Germain- Auxerre, que yo había visto antes de salir y que estaba a punto de comenzar entonces. Por desgracia todo el mundo esperaba un cero a cero sin necesidad de viajar en el tiempo y mis ganancias no fueron muy grandes, pero dieron para pagar la gasolina del Panda.

©José Lorente Guillén. Todos los derechos reservados. 2018