MADERA#3

MADERA #3 se concibió como un lugar inexistente: un lugar por explorar y descubrir. El tema de “Paraísos Artificiales” reunió una expedición de autores que se atrevieron a encontrar un salvoconducto a ese lugar.

A continuación podéis leer el prefacio editorial y uno de los relatos publicados.

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Prefacio editorial

Te has encontrado una caja de cartón llena de fotos viejas. Estaba tirada en un portal de una calle de un barrio de Berlin. Fotos de familia, de alguna familia de este barrio o de cualquier otro. Todas las familias del pasado se parecen, podría ser la tuya, o la mía. Fíjate bien en su expresión, o en el rastro de su expresión, como si el tiempo se extendiera en un manto blando. Y de tanto mirarla puede ser que te transformes en esa persona desconocida, para siempre. Y no quede de ti más que una cara triste o feliz, abandonada en una caja medio rota.

Esa cara te habla, te explica cosas de tu pasado, y entonces recuerdas cuando tenías doce o trece años, le robaste un billete de cinco mil pesetas a uno de tus tíos. Tu padre lo descubrió, a lo mejor no pudiste esconder la culpa o a lo mejor los encontró en el cajón de tu escritorio. La relación entre tu tío y tu padre nunca fue buena. Y tu tío no dudó en llamarlo al día siguiente y decir que tú, que el hijo de tu padre, le había robado. Esa palabra te sonó seguramente muy dura, rotunda, robado. Tú le habías robado. Retumbaba en tu cabeza y vibraba en tus piernas, que flojearon desde que sonó el teléfono del salón. De algún modo esperabas esa llamada, esperabas salir malherido por la inexistente sensatez de la edad, de esa edad que tuviste. Pero tu padre lo negó. Lo negó desde el primer momento, te defendió aún sabiendo que eras un ladrón. Lo negó y se enfadó con su hermano, y se chillaron y terminó colgando con violencia. Y después tu tío volvió a llamar y tu padre siguió defendiéndote, y entonces dejaste de temblar. Aquello ya no existía, no había culpa, ni había billete. Nada de eso había sucedido. No existía ni la llamada ni el cajón de tu escritorio, ni el bolsillo derecho de tu pantalón. Nada.

Tu padre no se enfadó contigo.

Ante todo, eres mi hijo. Te dice. Y como un escalofrío de libertad y protección, sientes sus palabras flotar en forma de esfera, y allí mismo se crea un universo, un mundo. Uno de tantos que forman el mundo grande. Un mundo que se redujo a eso que no había sucedido, un mundo que se estrechó hasta quedarse prácticamente diminuto; una milésima de existencia entre tu mano sudorosa y la mano firme de tu padre en el auricular, y en la voz de tu tío, y en su garganta, como una bofetada. Ese instante fue un alivio, un artificio creado en el paraíso temporal del alivio. Sabrás para el resto de los días que robar no está bien. Pero también descubrirás que ante todo, sin importar lo qué hagas, habrá alguien que tuerza por ti, desde el instinto animal, y que tú un día también torcerás por alguien. Por quien sea.

El número tres de Madera está lleno de mundos. Tomo una fotografía de cada uno de los autores, y de cada uno de los lectores, colecciono sus imágenes y las lanzo al tiempo, a abandonarlas sobre la piedra fría de algún portal de Berlin, o sobre la acera húmeda. Alguien las encontrará y entonces le hablarán, y es probable, es muy probable que le recuerden que alguien también le protege, o que debe proteger a alguien.

Entonces tú, o él, pensáis que no estáis solos, que nunca lo habéis estado. Que existe un círculo, un pequeño mundo a vuestro alrededor que es salvaje, pero salvaje en el sentido de primario, de esencial. En el sentido más humano. Un lugar de tiempo, que se extiende en las otras caras, en las fotografías de los que tú, o él, coleccionéis.

Aquí en Berlin no tenemos familia, es un estado artificial, y es un paraíso constante. Aquí en Berlin, escogemos, o nos escogen, a los que debemos, o nos deben proteger. Pero a lo mejor no solo sucede en Berlin. Es posible que suceda en cada lugar. Y que constantemente la familia, nuestra familia, cambie; y eso es algo que me gusta; como también, lector o autor, me gusta que formes parte de este pequeño círculo, para siempre.

Oliver Besnier


 

Fake Johnny

Mara Mahía

Pitágoras era un borracho. No lo digo yo, lo leí en alguna parte, creo. Pero en realidad, no sé por qué me da por pensar en Pitágoras. O tal vez sí. Será porque llevo más de una hora mirando ese cuadro colgado frente a mí. Siempre pensé que era de Klee, pero ahora me doy cuenta que no. De todas formas todos esos 9s, números 9, y esos 6s, números 6, patas arriba, me hicieron pensar en Pitágoras. (Aunque lo cierto es que si no estuviera donde estoy, seguramente me habrían hecho pensar en el último nudo sexual, en el que me enredé como un sesenta y nueve.) Pero estoy donde estoy , mirando a este cuadro lleno de esos dos números repetidos una y otra vez, con constancia de penitente. Por eso se me ocurre que seguramente es cierto que Pitágoras era un gran borracho. Los antiguos griegos eran muy dados a todos los placeres, tanto se daban al trapecio matemático, como al vino y a los efebos. Pienso todo esto, porque insisto en mirar al cuadro. Insisto en mirar al cuadro, porque no quiero mirar a mi alrededor. No quiero mirar a mi alredor porque igual me da por hablar en voz alta y maldecir, como cuando entré en esta sala. Entré, miré y exclamé en voz muy baja (si es que se puede exclamar en un susurro): Jesus Fucking Lord!

La sala de espera está llena de judíos hasídicos obesos. No está llena a rebosar, pero si las salas de espera tuvieran un límite de peso como los ascensores, esta con seguridad tendría un exceso de peso. De ahí que para poder sentarme tenga que tomarme unos segundos, para buscar con cautela un asiento vacío. Tiempo suficiente para encontrarme absurda, plantada en mitad de la sala, donde acabo de maldecir. Allá, al lado del más gordo, aunque no tengo claro cuál es el más gordo. Definitivamente no lo tengo claro, pero mi compañero de asiento parece el más joven. Aunque también es verdad, que entre tanta ropa negra, tanta barba y tantas greñas, no hay forma de adivinarle la edad a nadie. Me siento medio de lado. Me siento medio en el bordillo de un asiento bien cómodo. Me siento como están sentados los demás, medio mal sentados. Me doy cuenta, en cuanto me siento, que estamos mal sentados, porque todos estamos sentados en la sala de espera de un proctólogo. Me siento. A pain in the ass. Me siento frente al cuadro que no es de Klee y lo miro durante una hora por lo menos.

Se me ocurre que todos los que estamos aquí esperando, tenemos el recto hecho un ocho. La idea casi me hace sonreír, pero en vez de una sonrisa me sale una mueca de contorsionista. Todos compartimos un ocho o varios números ocho, lo cual no es solo un vía crucis, sino que también es una ironía enorme. Una ironía tan inmensa, que tiene que ser producto del oxycodine. Así que vuelvo a repensar la ecuación: mis compis hasídidos y sus rectos hechos un ocho. El ocho era el número estrella de Barrio Sésamo hasta que los ultraderechistas se lo agenciaron para su usufructo. Ahora según estos, dos ochos juntitos, representan dos haches juntitas, que juntitas representan el saludo más aberrante en la historia de la humanidad. No sé cómo llegué a esta reflexión, pero decido dejar de hacer ecuaciones imprudentes y regresar al cuadro. Observo los números al derecho y al revés. Las palabras sin ton ni son. Me gustan las palabras sin ton ni son. Solo después de un rato largo me doy cuenta que están escritas en español. Me hace gracia que estén escritas en mi lengua materna, pero no me sorprende, casi como que me lo esperaba. Me entretengo en buscar la firma del artista, pero lo único que alcanzo a distinguir son varios pares de tetas, la puerta de un aula de cuarto grado y una A y una Z, AZ o PAZ. Decido que PAZ debe ser el nombre de la artista y eso me tranquiliza. Después de un rato de ignorar a mis compis de sala, bajo la mirada y al hacerlo me doy cuenta que tengo un sueño terrible. Doblo el cuello y miro los zapatos de mi compañero de asiento. Tienes pies inmensos y unos zapatos negros de cordones, relucientes. Ahora llega una enfermera o una mujer que viste bata blanca y dice un nombre lleno de Ks y Zs y Ws, y más Ws y más Ks y más Zs. Entonces mi compañero deja el National Geographic y se levanta rapídisimo, agilísimo, mientras lo miro disimulando mi asombro. No imaginé que pudiera moverse con tal ligereza. Tomo la revista que reposa en una de esas mesas sin alma, que alguien se dedica a poner en las salas de espera de todo el mundo. Pero antes de abrir el ejemplar, me fijo también en los muebles donde se sientan estos señores de aspecto serio. Me fijo en las sillas, los sillones, en los sofás, me fijo en las cortinas, en las luces y decido no fijarme más porque siento que me va a dar una sobredosis de feísmo. Me centro en la revista pero no consigo evitar mirar de reojo al cuadro. Lo vigilo, se me ocurre que igual cuando no lo observe los 9’s se darán la vuelta y se harán 6’s y los 6’s se harán 9’s. No entiendo bien por qué, pero la posibilidad de ese cambio me inquieta terriblemente. Mirando los números de reojo pienso en Nadia Cománeci y su 10 perfecto. Fue en las Olimpiadas de Montreal de 1976, cuando Cománeci tenía solo 14 años. Dicen que entonces la marca Omega, fabricante de los cronómetros que se usaban para puntuar a las gimnastas, no había sido programada para mostrar un 10. La puntuación máxima que según los ingenieros de Omega, podía alcanzar una gimnasta era 9.99. Unos minutos después de que Cománeci terminara su ejercicio, el marcador mostró 1.00, en lugar de 10. El público y los mismos jueces quedaron perplejos. El equipo rumano se llevó las manos a la cabeza Y por una décima de segundo, la niña Nadia sintió que los párpados le iban a reventar. Luego sí, un segundo más tarde, las lacrimales estallaron cuando los jueces clarificaron la puntuación perfecta. Ahora mientras discretamente vigilo el cuadro, me pregunto de qué color se les puso la cara a aquellos ingenieros de Omega, cuando Nadia les partió en mil pedazos su techito de hombrecitos de cristal. También me pregunto cómo le irá a Nadia. En algún lugar leí que se vino a vivir a este país. Los números me vuelven a provocar una incertidumbre insoportable, así que miro un par de fotos de la National Geographic y luego otra vez miro de soslayo al cuadro. También miro de soslayo a un señor hasídico muy gordo y viejo que tiene una nariz fascinante. Me da vergüenza que se de cuenta que me he enamorado de su nariz. No es la primera vez que me pasa y sé dónde puede acabar mi obsesión con una nariz. Así que me obligo a fijarme en las páginas de la revista.

Leo un título que dice: “Fake Feminism: The Best Masculine Hook-Up Tool”1 Me pregunto que será Fake Feminism mientras miro unas cuantas fotos de hombres atractivos, femeninos, algunos con las uñas pintadas de azul y los ojos un poco maquillados. Un pie de foto dice: “Since Johny (38), started using blue nail polish and defining himself as a queer feminist, his sexual life has improved dramatically. Yet, with his male friends, Johny’s feminism becomes again a locker-room sexist speech”2. Reflexiono unos minutos sobre la hipocresía de Johny. Luego reflexiono un poco más y me dan ganas de tomar el metro hasta “Pig Heaven” en Mott Street. Me dan ganas de entrar en ese restaurante de Chinatown, donde dicen que sirven las mejores costillas de cerdo de la ciudad y donde sé a ciencia cierta que el viejo Lui, (uno de los pinches de cocina emigrado de Shangai en las tripas de un pesquero, hace por los menos 60 años); trafica con armas compradas a policías corruptos. Me dan ganas de entrar y comerme unas costillas de Peking a la naranja, y después negociar con

1“Feminismo Fingido: La mejor herramienta masculina para follar”

2“Desde que Johny (38) comenzó a pintarse las uñas de azul y a definirse como feminista queer, su vida sexual ha mejorado dramáticamente. Sin embargo, con sus amigos varones, el feminismo de Johny se convierte otra vez en un idioma sexista de vestuario de hombres.”

©Mara Mahía. Todos los derechos reservados. 2018