MADERA#2

MADERA #2 sirvió de puente entre un proyecto sencillo y un concepto más desarrollado. Por eso, “Lugares cotidianos” pretendía encontrar ese nexo, en una realidad habitual de cada uno de los autores.

A continuación podéis leer el prefacio editorial y uno de los textos publicados.

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Prefacio editorial

Sí, lo sé. El primer número de esta publicación surgió imprevista. No todo el mundo la esperaba. Podría anotar en un papel aquellos errores que se cometen en el transcurso, en el camino. O los comentarios. Y si supiese dibujar, podría intentar hacer un aprecio de las expresiones, en bocetos de color gris, con trazos simples, simplistas, vacíos. Nos empeñamos en considerar los golpes que nos atizan, en verlos desde el exterior, como si no formaran parte de nuestra realidad. Esta vez me he decidido por algo diferente. Y es que al final de ese camino, o golpe tras golpe, la gente sigue siendo gente, con unas u otras aspiraciones, esperando en convertirse en algo más de lo que ya hay .

—No te olvides de eso—

Siempre seremos menos de lo que queremos ser. Impuestos en un margen razonable al fracaso, al error. Y esto no sirve como una excusa, ni como un salvoconducto al error potencial de esta publicación. Que desde ya es un éxito. Porque tú lo estás leyendo, o porque tú lo has escrito.

—Debes justificar los textos—

Es otra de las anotaciones que tengo. La única justificación de los textos es su propia existencia. Pero la gente me lo ha comentado demasiado. Los textos justificados son más armoniosos, me dicen. Eso tal vez tenga algo que ver con que la publicación no tuviera un tema aparente. O un lema que pudiese encauzar las corrientes de cada texto. Pero era el primero. La gente que ha participado ni siquiera confiaba en mí. Algunos más que otros tal vez. Así que tengo que justificar los textos, y eso mismo voy a hacer. No hablo únicamente de justificarlos, de darles una razón de existir, sino de justificar unos con otros, de enlazarlos y de crear ese lema común, que ellos los autores (algunos sin saberlo) han plasmado en cada una de estas páginas. Una justificación metafísica y bastante razonable. Pero una justificación que seguirá, de momento, sin hacer que los textos terminen todos en el mismo renglón vertical.

Pero, entonces ¿todas esas anotaciones que has escrito han de servir para unir los textos de autores que no han escrito pensando en una idea? Esto me lo dice mi inconsciente ansioso, el inconsciente respondón y maleducado, y que de modo extraño se personifica en la crítica burda y destructiva. Solo puedo contestarle que algunos de los autores no sabían nada, efectivamente, pero todo gana un sentido completo al final.

A otros les anuncio que el lema para el segundo ejemplar es “lugares comunes”, pero me equivoco, tiendo a confundir palabras, y confundo comunes con cotidianos.

El lema es “lugares cotidianos”. Después pienso en cómo puedo remediarlo, pero ya es tarde, ya me han enviado sus textos bajo el lema de “lugares comunes”. No importa. No tiene importancia. Voy a decirles que lo he hecho a propósito.

Quedo con Mara en el kiosco-café que hay en la Boxi. Ella toma café y yo pido un zumo de naranja. Me gustaría invitarla pero ha llegado antes y ya ha pagado por lo suyo. Le hablo de Madera. Supongo que no puedo esconder el entusiasmo al hablar de este proyecto. Ya he leído algo suyo, que me envía antes de vernos. Mara parece poca cosa, me recuerda a una hermana que tuve hace años. Que a lo mejor todavía la tengo, pero que no recuerdo bien. Una hermana que a veces aparece en personas dispersas, como puestas al azar en lugares extraños. La Boxhagener Platz es un lugar extraño. Una hermana con más experiencia, que en momentos confusos ilumina con algún comentario. Comentarios que sé, que ya he escuchado, pero se quedan ahí, un poco desarticulados. Le digo a Mara que su texto va a inaugurar el número dos. Lo escribió hace más de diez años, me explica. Tiene todo el sentido del mundo, le digo. Aquí en Berlin, o en cualquier otro lugar con gente despierta. Y entonces hablamos de Berlin y de otras ciudades. Llegamos a varias conclusiones. También me habla de otras escritoras. De Florencia, o Flo, que la llama ella. Y yo soy reacio a la poesía, pero Flo, o Florencia, narra, es una poética que fluye y que también se sedimenta. Que crea capas y condiciones para dar la siguiente frase, o verso. Y al final flota. Y también habla de un lugar cotidiano, aunque no le dije nada de un tema, pero es duro, y tiembla. Y si te dejas llevar, también tiemblas con ella.

Entonces repaso todos los textos una y otra vez, lugares cotidianos resuena en cada rincón. Escribo en los márgenes, a lápiz. Marco cruces y suelto una risa que nadie más escucha. Los lugares cotidianos son la metafísica que nos une. Cuando los leo, muevo los labios. Pero se mueven solos. Con vida propia. Que todas esas palabras que leemos se queden en los labios, de los labios para adentro. Para nosotros. Hasta que podamos repetirlo, de forma automática, o premeditada. Mara o mi hermana, la Boxi en la oscuridad, la conversación, su texto, esos son los lugares cotidianos, o los lugares comunes. En los que nos movemos, nos relacionamos, nos imaginamos, y echamos de menos.

No todo el mundo que escribe aquí es de Berlin, algunos nunca han conocido esta ciudad. Eso no importa.

—Esta ciudad no existe—

La ciudad es un invento. Los textos también lo son. Estamos aquí o no estamos. Es una cuestión de apreciaciones, y de conquistar esos lugares que nos esbozan. Somos trozos de papel con algún garabato. Mis lugares cotidianos son lo que me salvan de la locura, son abrazar a mi mujer y explicarle cualquier cosa. Supongo que sus lugares cotidianos son tener paciencia y escucharme hasta quedarse dormida, y en consecuencia, lo que la salve a ella de la locura.

Porque todos somos susceptibles de volvernos locos; nuestros lugares cotidianos nos salvan, nos llenan de belleza frágil, nos distraen, nos arman de valor. Aquí o allí, en esta, o en cualquier otra ciudad que no exista.

Oliver Besnier


La Divina Providencia

Marina Macome

VICTORIA DICE QUE TENEMOS QUE HACERLO sí o sí. Que siente que le reventó un folículo y que, como nos explicó el médico, mis “espermas vagos” tienen sólo doce horas para fecundarlo. Pasa de lagrimear ante la idea de concebir un 31 de diciembre a besarme la oreja y disparar toda clase de guarangadas. Intento recordarle que su madre duerme en el living, que tenemos alerta naranja por la ola de calor, que hace días que estamos sin luz ni agua, que ya pasé los cuarenta y que anoche, después de subir nueve pisos cargando un par de bolsas de hielo, tuve taquicardia; pero es inútil, sus 86 kilos pegoteados ya me cabalgan. De fondo, los ladridos de nuestra caniche ante cada petardo.

Por fin la planta carnívora me escupe sobre la cama. Me gustaría que me abrace, sentir nuestros corazones latiendo pero hace tiempo que eso no pasa. A la cuenta de uno, dos, tres, levanta sus piernas y me ordena que la ataje; es tal el envión que el poster que cuelga sobre el respaldo, cae. Como puedo, hago equilibrio sobre nuestro colchón vencido y mantengo sus tobillos bien en alto.

Por fin ronca. Me levanto sigiloso y salgo al balcón con la esperanza de encontrar a mi vecino Waldo y hablar de bueyes perdidos en tanto el humo de su cigarro avanza sobre nuestra dama de noche hasta doblegarla.

“¿Waldo?” lo llamo mientras golpeo mis manos. Por segundo día consecutivo no hay rastros de mi vecino. Aguardo en la oscuridad. El viento arrulla las hojas secas de su balcón, como en un pueblo fantasma. “¿Waldo?” insisto pero el único signo de vida son los ojos de Teo, su gato. Mantenemos un fugaz cruce de miradas hasta que irrumpe otro petardo y el animal se escabulle. Al llanto del bebé del piso de abajo, se le suma nuestra caniche, que ladra y salta desaforada de una punta del balcón a la otra. Le ordeno que se calle pero es tarde, ya despertó a mi mujer. Lo sé por el repentino abrir y cerrar de armarios y el entrechocar de objetos metálicos proveniente de la cocina. Al cabo de unos minutos, aparece con un plato. “¿Querés?” pregunta extendiéndome un tenedor cargado. Paso.

“Si no salís a comprar más bolsas de hielo vamos a tener que consumir todo entre hoy y mañana” afirma con la boca llena de mayonesa de ave. A pesar del vaho a podrido que llega del balcón vecino, engulle como si fuera el fin del mundo y no del año.

“¿No te parece que deberíamos llamar a Waldo para ver si necesita algo?”

“Si querés llamalo vos”; Victoria sabe que mi celular está sin batería desde que su madre me lo pidió “dos minutitos” prestado.

“El mío es sólo para emergencias”, se anticipa antes de que me atreva a agarrarlo. Le recuerdo que nuestro vecino es diabético, que no tiene familia y que hace días que no da señales.

“Me queda apenas una rayita y no pienso gastarla en ese viejo borracho” balbucea (siempre con la boca llena de mayonesa de ave). “¡Por qué no hacés algo más productivo y te ocupás de mamá, que a sus ochenta y cuatro años tiene que soportar estas temperaturas demenciales!”

No parecía muy afectada un rato antes, tirada sobre el sillón mientras le sacaba el cuero a alguna de sus “amigas del alma” con mi celular. Se lo quiero echar en cara pero me callo. Soporto sus delirios acerca de la indemnización millonaria que deberá desembolsar Edeluz en caso de que a su santa madre le pase algo hasta que el canto más dulce logra lo imposible; la voz aflautada de mi mujer queda en un enésimo plano. Es la vecina del octavo intentando calmar a su beba. Sonrío dejándome llevar por la melodía mientras pienso en la belleza de esa mujer, tan intimidante que cada vez que coincidimos en el ascensor bajo la mirada.

“¡Voy a enloquecer si esa pendeja no se calla!” advierte Victoria en un tono tan deliberadamente alto que nuestra vecina se asoma para explicarnos que su hija vuela de fiebre y que debería llevarla a una guardia cuanto antes. El tema es que sin linterna le es imposible bajar ocho pisos a oscuras con la beba en brazos.

“Lo lamento, pero nosotros también estamos jugados” se excusa apenas nos pide una prestada. La corrijo en voz baja:

“Tenemos tres linternas funcionando más la del llavero de tu mamá”.

“Haberlo pensado antes” retruca y, con un cinismo aberrante, me recuerda la fábula de la cigarra y la hormiga. Seguiría con los ochenta y cuatro años de su madre y la altísima posibilidad de estar embarazada si no fuera que al llanto de mi vecina se suman ruegos e hipos asmáticos. Se me parte a tal extremo el corazón que me descubro sacando medio cuerpo del balcón: “Tranquila, ahora bajo y te doy una mano”.

Revuelvo el armario. Victoria no deja de alumbrarme la cara con su linterna, potente como un faro. “¿Qué hacés? ¿Te volviste loco?”

Me visto sin decir palabra. “Si cruzás esa puerta vas a lamentarlo” amenaza. “Y pensá en buscarte otro trabajo porque cuando Adolfo se entere de esto te raja de una patada…”

Subo el cierre de mi pantalón, dejando en claro que me tiene sin cuidado lo que vaya a hacer su hermano.

“¡Vos no te vas a ningún lado!” Victoria intenta frenarme de la remera. Me resisto hasta quedarme prácticamente sin aire; por fin una de las costuras cede y logro zafarme. Ya no hay nada que me detenga, ni siquiera el desmayo que finge después de jurar ver todo nublado. Correría escaleras abajo, al rescate de mi doncella, si no fuera por Waldo. Golpeo su puerta como si quisiera tirarla abajo. Nada. Revuelvo el potus en busca del juego de llaves que usé la vez que estuvo internado y me pidió que me ocupara del gato. Abro. El olor es nauseabundo. Permanezco bajo el marco, vacilando. Me cubro la nariz con mi remera y avanzo entre arcadas. Alumbro el living, la cocina, el baño… Se me aflojan las piernas al entrar al dormitorio y verlo tendido sobre la cama. “¡Waldo!” exclamo y, aunque tengo la sensación que el hedor ya me quema la nariz, no puedo evitar acercarme.

Luego de unos intentos infructuosos por cruzarle las manos sobre el pecho, lo cubro con una sábana e improviso una oración. Estoy a punto de persignarme cuando un ruido de llaves me sobresalta. “¡Teo!”

Aguardo de rodillas en la oscuridad hasta que el animal toma confianza y se acerca. “Buen chico…” digo sin dejar de acariciarlo. Está tan flaco que cuando trato de levantarlo me quedo con su collar en la mano. Aunque siento pena por el pobre gato, no puedo evitar una carcajada al descubrir las llaves de la furgoneta de Waldo junto a la chapita identificatoria. “Si sos tan buen tipo como creo, la Combi va a ser tuya el día que yo estire la pata” me dijo unos días atrás en el balcón, bajo un cielo estrellado.

* * *

Tras varias cuadras de empedrado, la beba se duerme en brazos de su madre.

“Tu hija va a estar bien”, intento tranquilizar a mi vecina, que no apoya la espalda contra el respaldo desde que salimos de casa. Teo, en cambio, hace rato que está hecho un bollo en el asiento del acompañante.

“Va a estar bien” insisto y me aferro al volante. Descubro sus enormes ojos negros mirándome a través del espejo retrovisor; su melena embarullada por el viento se interpone cada tanto. Aunque deseo que el momento dure por siempre, vuelvo la vista hacia delante y acelero como si fuera a perforar la luna perfecta que nos acompaña todo el camino hasta la guardia.

©Marina Macome. todos los derechos reservados. 2018