INÉDITO

(En esta sección publicamos relatos inéditos durante un periodo de tiempo limitado, corre la voz, porque vuelan.)

jcbreto

Conocí a José Carlos Rodrigo Breto hace poco menos de un año a través de Instagram. Hay algo en las redes sociales que me fuerza a imaginar si la persona que se expone en ellas, tiene algo que esconder. A todos nos pasa por la cabeza. Las imágenes pocas veces hablan por sí solas, y en la mitad de la niebla es difícil ver a lo lejos. Pero José Carlos es diferente, aún sin conocerlo en persona, sé que es uno de los tipos más honestos con los que me he cruzado en los últimos tiempos. Y su literatura es honesta, es aquella que nace de la experiencia, de haberla trabajado con esfuerzo; me atrevería a decir que se ha trabajado con sabiduría, pero no, eso me lo guardo para cuando pueda estrecharle la mano y agradecerle formar parte de este proyecto. Eso me lo guardo para él.

Estos son una serie de relatos inéditos de José Carlos. Para vosotros.


BIN LADEN

Tus sollozos, al pie de la cama, me despertaron aturdido: han matado a binladen, dijiste. Al escuchar ese nombre, ¡zas!, la imagen del segundo avión. ¿Y lloras por que han matado a ese hijoputa?, estuve tentado de responderte. Pero me callé: me callé porque entendía: no llorabas por el tipo aquel, abatido como un conejo en algún cubículo. Llorabas por otra causa: tus lágrimas se iluminaban del azul eléctrico que penetraba por la puerta del dormitorio. Eran las cinco y media de la madrugada y tú llorabas porque aquella noche (después de muchas noches de insomnio), habías decidido terminar con lo nuestro. Lo nuestro: después me dirías que no existía eso que yo denominaba “lo nuestro”. Pero lo cierto era que aquello (llámalo “lo nuestro” o llámalo fracaso) empezó tan sólo unos días después de que se hundieran las Torres, como si nuestro amor se pudiera injertar en los escombros, abonados con restos humanos, y pudiera germinar ante la devastación de Occidente. Y, claro, no se podía injertar. Mucho menos, germinar. Te levantaste y saliste en dirección al saloncito de la televisión, a irradiarte con sus rayos azules. Entonces, lo supe: era como binladen. Me parapetaba en aquella habitación a la espera de que tus comandos entraran y yo, como una gallina asustada, fuera abatido en mi refugio de cobardía y me quedara sin corazón. Cuando giraste el pomo de la puerta, dispuesta a entrar de nuevo y liquidarme, un verso de Eliot me vino a la memoria: “Te mostraré el miedo en un puñado de polvo”. Y fui: hierros que revientan, ventanas que se desgajan, vidrios que se rompen, ladrillos y cemento que se colapsan: un barbudo temeroso y una llamarada de fuego. Sin posibilidad de resurrección.


CHINASKI

Cuando uno se levanta más días de su vida con resaca que sereno, necesita ayuda: yo había alcanzado ese límite: me encaminé a la Asociación de Alcohólicos Anónimos en Pomona.

Entré para presentarme como nuevo miembro. Quedé alucinado: el director del centro era Hank Chinaski: el personaje de Bukowski, que se bebía todo lo bebible.

Llevo sobrio desde el 9 de marzo de 1994…, me confesó para animarme. Dejó la bebida para dedicarse a prestar su ayuda a los demás, harto de ser un personaje de novela. Increíble, no porque un personaje de novela se apareciera ante mis ojos con un enorme parecido al propio Bukowski, eso no me sorprendía, en mis borracheras había visto cosas peores. Lo que no podía creer: que Chinaski estuviera al frente de la AAA, y sobrio.

En cuanto terminó la sesión lo invité a tomar algo en un bar, pero no le servían. Un enorme letrero avisaba: NO DEN DE BEBER A CHINASKI.

Acabamos en mi casa. Descorché una botella de vino: Chinaski, derrotado sobre mi sofá, me sonrió. ¡A la mierda!, dijo. Acababa de arruinar décadas de abstinencia y, chico, que bien nos sentíamos. A la botella de vino le siguieron otras, hasta que la luz de la mañana iluminó nuestra borrachera.

Chinaski despertó con una mala resaca. Contempló su cara picada frente al cristal del baño y lo reventó de un puñetazo. Se cortó las venas. A su lado: varias botellas apuradas hasta la desesperación.

Esa noche, cuando mi nuevo director del grupo de la AAA se presentó, no pude evitar un: ¡OH DIOS MÍO!, ¡DIOS MÍO! Y es que, Arturo Bandini, el gran Arturo Bandini, el personaje de las novelas de John Fante, acudía para sustituir a Chinaski. Y llevaba, también, una eternidad sobrio.


COMBUSTIÓN ESPONTÁNEA

pues sí, soy escritor, me maté en aquel accidente de avión, puede que muchos de ustedes lo recuerden, las dos aeronaves como dos bolas de fuego y las humaredas negras, el caso es que no me apetecía viajar, nunca me agradó volar, y bueno, iba a ese congreso y ni siquiera puedo comprender qué se me había perdido allí, tal vez la promesa que me dio uno de sus organizadores, que dedicarían una jornada al estudio de mi obra, pero lo que me engatusó fue lo de que llevara conmigo mi nueva novela para que una poderosa editorial la publicara, y yo me empaché de ego y me puse en camino hacia mi juanadearcada sentado en el butacón, y de repente las llamaradas subieron desde los tobillos por las ingles, como esos casos de combustiones espontáneas de gente que se queda incinerada en el sillón de su casa mientras ve la televisión, así, mis novelas, mis personajes y el manuscrito de mi nueva obra, todos calcinados en un suspiro de toberas y rotores y sí, soy escritor, aunque ya nadie sepa de mí, todavía me queda ese consuelo, que me recuerden como parte de la lluvia de chapas ardientes y piezas de motor sobre la pista de aterrizaje como una manera de alcanzar la inmortalidad con una combustión espontánea, como el tipo de iowa que se chamuscó frente al televisor e inspiró un capítulo de la serie csi y esa mujer en des moines que se flambeó mientras leía un libro y fue protagonista de expediente equis y sí, inmortalidad de grissom, mulder y scully, y en efecto, soy escritor, y me maté en aquel accidente aéreo, puede que a muchos de ustedes lo recuerden, cuando un avión embistió  a otro que


GREGORIO SAMSA: Liquidador de plagas

Me extendió su tarjeta: Gregorio Samsa, liquidador de plagas. Sí, soy ese Gregorio Samsa en el que piensa, Señoría, el del insecto: conviene aclararlo al principio, así no perdemos más tiempo. No acertaba a reaccionar, con ese tipo enfrente que, además, era el vivo retrato de Franz Kafka. Por fin, mientras lo encaminé a mi biblioteca, pude preguntarle: ¿Usted no fallecía en el relato? Samsa me miró con sus ojos oscuros como dos cucarachas y sentenció: en efecto, así sucedió, pero al final me repuse. Entré en estado de pupación… No sé si usted, Sire, está familiarizado con las fases de los insectos…

Le abrí las puertas de mi agonizante biblioteca: No voy a engañarlo, Señoría, puede dar por perdida la biblioteca, pero puede usted morir matando, Sire, tengo un sistema que acabará con su plaga, pero apenas podrá salvar uno o dos volúmenes. Asentí con un golpe de cabeza: adelante, se llevarán mis libros, pero que lo paguen con la vida.

Samsa forró de plástico la habitación: después fumigó por debajo de las lonas y dijo: aguardemos…

La espera fue insoportable: entonces, un estruendo sacudió la biblioteca. Se había hundido y un polvo blanquecino salía por la puerta. Acudimos rápidamente.

Samsa se introdujo entre la nube que mezclaba sus polvos asesinos y la escombrera: se habían derrumbado las estanterías, una pared y un trozo de techo. Entonces, justo cuando me preguntaba si era prudente que ese hombrecillo, por muy liquidador que fuera, se metiera en esos vapores, reapareció completamente teñido de blanco: su cara como una mortaja.

Sonrió: me extendió un libro y me animó: podía haber sido peor, Señoría, al final hemos salvado esto. Tomé el volumen en mis manos: La metamorfosis, de Franz Kafka.

 

©José Carlos Rodrigo Breto. Todos los derechos reservados. 2018

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Fotografía: De Bumbescu – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=60961319