INÉDITO

(En esta sección publicamos relatos inéditos durante un periodo de tiempo limitado, corre la voz, porque vuelan.)

En Madera 6 hemos publicado un relato de Jesús Artacho, aquí os ofrecemos tres inéditos suyos.


LA VIDA

Tras el cigarro de después de la cena, el marido ingresa en el salón. Se detiene ante su mujer y le pide que se levante, porque se ha aposentado en su asiento predilecto.

-Estoy cansada… -se queja ella.

-Es mi sitio -reclama él, con el tono de legitimidad que le confiere la certidumbre de estar exigiendo lo que le corresponde, nada más.

A regañadientes, ella acaba cediendo. La última alegación no ha prosperado y -obsecuente- se levanta y posa el trasero cincuenta centímetros más allá, en el mismo sofá. Él se deja caer en sus dominios y cruza las piernas en alto, valiéndose del sillón lateral a la hora de repantigarse.

Miran la tele un rato. Ella le cuenta que Trini y su marido acaban de comprar un piso en A., que alquilarán y les propiciará opimos réditos sin apenas esfuerzo. La segunda vivienda en la costa, o en A., no llega a grado nobiliario pero da un caché, no se trata de un marquesado pero sí -podríamos decir, con vocación neologista- de un alquilesado. Él percibe el tono de reproche y le recuerda que se mata a trabajar en la obra, que lo de Trini se entiende siendo ella funcionaria y habiendo montado su marido una gestoría.

-A ver si me sale alguna casita más para limpiar -añade ella como para permitirse seguir soñando, como si en ello se cifrasen todas sus expectativas de mejora.

De pronto, en un silencio del televisor, se oye de forma nítida el estridor de un avión que pasa.

-Ese viene de Alemania, de Berlín -dice ella.

Desde su teléfono, accede a una web que muestra al dedillo, y en tiempo real, los pormenores del tráfico aéreo. Consulta así de dónde vienen y adónde van los que sobrevuelan -siempre de paso- su domicilio. Desde muy niña la han acometido las ganas de ver mundo, una pulsión viajera perpetuamente pospuesta por la falta de posibles, y a buen seguro frustrada, en sus propias palabras, a menos que le caiga del cielo una Primitiva. El verano pasado, en la visita de unas primas de Madrid, le preguntaron si salía mucho del pueblo. Contestó que le encantaría viajar… si pudiera. Y apostilló, con resignación y con tristeza, valiéndose de dos palabras a las que a menudo se confiaba para ilustrarlo todo:

-La vida.

Su único hijo ha vuelto este fin de semana de la capital, donde cursa estudios universitarios. Aprovecha ella para enseñarle unos pantalones cortos, de deporte, que no hace mucho le ha comprado. El hijo recalca que no debe ocuparse de su vestimenta, pero acaba probándoselos y parece que le van bien. Cuando camina unos pasos, no obstante, descubre que al rozar entre las piernas los pantalones emiten un odioso ruidito.

-Vaya, pues la dependienta me dijo que su sobrino se ha llevado unos iguales y que está encantado -aduce ella.

El hijo resopla, y ella se prepara para soportar un largo parlamento. A ver, mamá, empieza mientras hace memoria, hace unos años fueron unas deportivas que apenas me he puesto porque me asfixiaban el pie, no por otro motivo. ¿Te acuerdas? Las habías comprado porque la dependienta te dijo que su primo se las había llevado y estaba contentísimo. ¿Te das cuenta? No son más que astucias de comerciante. ¿Y qué hay de ese jenga que nunca usamos porque las piezas nos parecen demasiado grandes? Volviste muy animada de la tienda porque la chica, que casualmente tenía exactamente mi edad, se había quedado con otro igual para jugar con sus amigos, algo que tú casi tomaste como una confidencia, al parecer, para clientes VIP, pues hablabas de aquella muchacha como si os hubieseis hecho amigas. Y ahora estos pantalones que suenan como unas auténticas maracas. Qué quieres que te diga, no es plan de ir por ahí como si rindiera un sentido homenaje a Antonio Machín, por mucho que a ti te parezca un gran artista y a veces tararees Dos gardenias mientras remueves el sofrito. Mamá, ¡espabila!

Le ha soltado toda la retahíla de un tirón. La madre se abochorna y balbucea una defensa: hijo, qué duro eres a veces conmigo.

En la sobremesa sabatina, es el padre quien toma la palabra para relatar que un vecino, emigrado a Navarra, padece una enfermedad en la vista y tiene el ojo izquierdo casi perdido. Ha pasado cerca de un año trabajando una semana en turno de noche, otra en turno de mañana, otra por la noche, y así. Su ciclo circadiano no soportaba ese continuo cambio, de modo que pasaba las horas con un estrés, una tensión, que acabó por hacerlo enfermar.

-Pobre -dice ella, y añade con fatalismo:-. La vida.

El domingo, el matrimonio toma la carretera para visitar una laguna cercana. La vez anterior el humedal lucía a un buen nivel, con gran número de aves zancudas. Ahora, en cambio, no divisan ningún flamenco. Aunque debieron haberlo supuesto, les aqueja una ligera decepción. Sobre todo a ella, pues él había insistido: “verás qué bien, qué bonitos van a estar los flamencos”, al tiempo que se iba a buscar los prismáticos. El agua, salta a la vista, también escasea a causa de la incipiente sequía.

Mientras conducía de camino, el marido fumaba. Apenas bajan del coche, se enciende otro cigarro. Contaminados por el deprimente panorama, arrastran los pies con desgana por el agreste paisaje. Rodean una colina y se adentran en un modesto observatorio, una especie de cabaña de madera donde toman asiento ante unas vistas poco memorables: algunos hierbajos, una mancha de agua y un gran porcentaje de tierra seca, resquebrajada. El marido tose y gargajea de forma continuada, de modo que se inicia una discusión recurrente a propósito del tabaco, en la que ella insiste en que no puede pasarse la vida fumándose dos paquetes diarios, y en que si depositaran el dinero equivalente en una hucha gozarían en verano de unas vacaciones dignas de tal nombre. Él le recrimina que siempre está con lo mismo, y que es uno de los pocos placeres que en esta vida se permite.

Tratan otros temas (los compañeros de piso del hijo, la tendencia del jefe constructor a exprimir a los trabajadores), y en mitad de un silencio, de pronto, a ella se le hace insoportable, no sabe por qué, la desoladora sequedad de la laguna. La impregna una honda tristeza. Acaso ve allí, de forma soterrada, un símil con su matrimonio, que con los años se ha ido convirtiendo en un terreno yermo, un desierto casi. A veces se da pena a sí misma. Volviendo la cara a su marido, consigue reprimir un conato de llanto.

Unos metros más allá del observatorio, compran refrescos en una máquina. Tras un rato caminando, asimilado ya el fracaso de la escapada dominical, deciden regresar. Ni un solo coche en la explanada del aparcamiento.

En el camino de vuelta, esos sentimientos frente a la laguna seca se vuelven a manifestar, maridándose con otras desazones que acaban cayéndole en aluvión. De modo irrefrenable, sufre un acceso de llanto del que el marido se acaba percatando por el rabillo del ojo. Al principio guarda silencio, pero luego le pregunta qué le pasa sin apartar la vista de la carretera.

-Nada -responde ella luego de unos segundos.

Esa noche vuelve a sentarse en el mejor sitio del sofá mientras él se fuma el cigarro post-cena. Cuando entra al salón, la escena se repite. Con la tele puesta, el matrimonio se relaja. Él mira una película del oeste mientras ella se centra en la pantalla de su smartphone. Aprovechando una de sus cabezaditas, le arrebata el mando a distancia y zapea un poco. En uno de los canales, alguien comenta: “decía el gran Gary Cooper que una persona feliz es aquella que durante el día, por su trabajo, y por la noche, debido a su cansancio, no tiene tiempo para pensar en sus cosas”. Esta frase, de improviso, la abisma en hondas cavilaciones acerca de su propia vida, interrumpidas cuando el marido resucita dando un bufido y reclama seguir viendo el wéstern.

Se oye pasar un avión.

-Ese va para Edimburgo -informa al punto-. Qué bonita dicen que es Escocia -cuenta ella sin dejar de pensar en la frase de Gary Cooper.

Aunque su generación fue educada para aguantar, alguna que otra vez ha barajado la opción del divorcio. Pensar en sus padres la frena. No quisiera, a su edad, darles ese disgusto. Entrados en la ochentena, su forma de ver la vida difiere mucho de la que en la actualidad predomina. No desconoce sus comentarios reprobatorios respecto al tema. Suelen comenzar con un despectivo: “la gente joven…” Y acaban zanjando la cuestión declarando que lo de tirar la toalla conyugal, “con el primer inconveniente”, “ni es quererse ni es nada”.

La incertidumbre de un nuevo comienzo, ya mediada la cincuentena, antes la intimidaba. En este momento se ve con fuerzas para emprender el cambio de rumbo. Por otra parte, su marido -pese a todo- le parece un hombre noble, honrado, trabajador.

Por las tardes, casi a diario, después de limpiar la cocina acostumbra ella a salir a caminar durante una hora con un grupo de amigas. Flanqueadas por olivares, por las afueras del pueblo aprietan el paso. Entre tanto, parlotean un poco acerca de sus vidas, algo que el marido suele tachar con displicencia de burdo chismorreo.

Una de ellas comunica hoy que le han diagnosticado hernia de hiato. Al marido de otra, por lo visto, le ha dado por el tunning. Ha mudado la tapicería de todos los asientos del Peugeot, y en los respaldos delanteros ahora luce inscrito su nombre, en el del conductor, y el de su esposa (en el del copiloto). El caso es que la hija le ha comentado con sorna: “pero si casi siempre es mamá la que conduce…”.

Pasa un avión a lo lejos, dejando en el cielo límpido una estela blanca, y ella busca al instante el teléfono.

-Ese va rumbo a Ámsterdam -anuncia-. Qué cosas: los vuelos de Estocolmo, para aterrizar en Málaga, dan un rodeo por Estepa.

Entonces una empieza a hablar del crucero que hizo por el Mediterráneo, y a ella -que nunca ha pisado el extranjero- se le ponen los dientes largos.

Una noche más, en una situación que se da con una frecuencia irregular, y no tan a menudo como en estas páginas, ella se ha sentado en su sitio. Él, como de costumbre, se cuadra al lado, de pie, expectante. Sin necesidad de palabras, obtiene la plaza sin resistencia.

Hace unos años que ella comenzó a leer libros. Novelas, sobre todo, aunque también obras de psicología que su hijo tilda con desdén de autoayuda. Danielle Steel, Ken Follett, Almudena Grandes, Julia Navarro, Jorge Bucay. La ayudan a pasar el rato y, en contadas ocasiones, a mirar la vida desde otro ángulo.

Este hábito crea, sobre todo en invierno, cierta tensión por las noches. Sólo pueden permitirse una estancia cálida en el hogar: el salón, donde pasan el tiempo tras la cena. De modo que el resto de habitaciones, incluido el dormitorio, se halla a inferior temperatura. El hecho de que, en el salón, la nariz no se hiele con los fríos, lo vuelve muy atractivo para leer, misión difícil -a ratos imposible- con el charloteo de la televisión, que él siempre tiene puesta por mucho que se queje de que no ponen nada de interés.

Cuando -cansado- sucumbe y echa una cabezadita, ella aprovecha para tomar el mando a distancia y silenciar el aparato. De esta manera consigue leer tranquila unas páginas hasta que él se despierta, gruñe y, alegando que aunque pareciera dormitar se hallaba en realidad atendiendo a la película, el partido de fútbol o lo que fuera, se vuelve a hacer con el mando. Cuando otra vez lo descubre grogui, vuelve a arrebatárselo con mucho sigilo, hasta que él, desde los tiempos de la mili con el sueño muy ligero, vuelve de nuevo en sí. En estas disputas fatigosas suelen encallarse casi a diario a lo largo de, por lo menos, una hora y media.

Trabaja como limpiadora en la casa de un matrimonio con hijos. Vive con ellos la madre de él, a la que han tenido que prohibir que riegue las plantas, porque a la pobre, a los setentayocho, le han diagnosticado Alzheimer y, no recordando si las ha regado o no, acaba haciéndolo ante la duda, de manera que ha matado ya varias a fuerza de agua.

Lleva cinco años limpiando, dos veces por semana, en esa vivienda. A ratos se siente apreciada por ellos, y aun querida. A menudo, la señora le ofrece un café y un pequeño dulce en mitad de la jornada y se pasan departiendo unos minutos.

Hoy la mujer le habla de su cuñado, que trabaja como mecánico en el aeropuerto y atraviesa una mala racha. Se encarga, entre otras cosas, de cambiar las ruedas. La rueda de un avión, cuenta, pesa ciento cincuenta kilos. El jefe no quiere gastarse trescientos euros en una máquina que les ayude a elevarlas a él y a su compañero, que deben maniobrar, entre los dos, a pulso. El caso es que se le ha fastidiado ya la espalda, tiene una vértebra dañada y también el hombro. Las manos se le hinchan, y apenas consigue pegar ojo. Meses lleva tomando pastillas. De esa forma consigue dormir tres, cuatro horas como mucho. No más. De modo que le están haciendo pruebas. El médico lo sondeó y le aclaró que el seguro no cubre todo accidente de trabajo. Si él se agacha a recoger un folio en la oficina y le da el lumbago, explicó, eso no se considera accidente de trabajo. Llegado este punto, su cuñado se desesperó: no se trata de un folio, le dijo, sino de una rueda que pesa ciento cincuenta kilos, ¿comprende? ¿Cree usted que me he lastimado una vértebra, el hombro, se me hinchan las manos y apenas duermo por levantar un folio? Y todo porque el jefe no quiere gastarse trescientos míseros euros en la máquina.

-Vaya por Dios -dice ella, comprensiva-. La vida.

Y la mujer concede que sí, que así es la vida, pero que pese a todo su cuñado va a plantarle cara al problema, porque no se puede permitir que las cosas se sucedan inclementes, aprisionándolo a uno de forma injusta.

Por la noche, lee sentada en el sitio preferido de su marido, que acaba de llegar de tomar unas cañas y cena, a solas, una hamburguesa fría. Se la ha dejado ella en un plato encima de la mesa, tapada con otro a modo de almeja con las valvas clausuradas.

Se predispone para una nueva réplica de la consabida escenita conyugal. Cuando se ha terminado de fumar el cigarro, en efecto, se acerca y reclama su sitio.

Ella se queja, medio bromeando, y él insiste. Observa algo contrariado que esta vez la resistencia parece imbuida de una tenacidad inédita. Transcurren unos segundos, en los que aguarda firme a que le cedan el asiento. Como ella se niega en redondo a moverse del sitio, el marido se encabrita y porfía ante esa insolencia inadmisible: levanta la voz, contrae todos los músculos de la cara, cierra el puño.

Transcurridos unos minutos, acaba comprendiendo con fastidio que su mujer, esta noche al menos, no se moverá. En lugar de sentarse en otro punto del sofá y encender la tele, descolocado ante tamaño desacato, emprende el camino del dormitorio -mientras rezonga- y ya no regresa. Ella, tranquila, prosigue la lectura con la tele apagada, ojo vacío al que echa algún vistazo de la forma en que se mira a un ser poderoso, pero durmiente. Poco después comienza a oír, en la distancia, los ronquidos del marido.


LA MUERTE

En el momento de elegir los equipos apareció la Muerte y dijo que también quería jugar. Nadie puso impedimentos.

De lo feo que era, lo llamaban la Muerte. Pálido, ojeroso, alguien empezó a comentar un día que aquel muchacho tenía cara de muerto, y ya se le quedó. Casi siempre lo motejaban de tal manera a las espaldas, porque la Muerte era terrible con eso y, si oía que lo llamaban de tan funesta forma, desafiaba al tipo en cuestión aunque luego acabara revolcado por el suelo.

El partido de futbito se disputaría con un balón nuevo que me había regalado mi abuelo. Trabajaba de albañil y al caer la tarde regresaba cada jornada de la capital. Dos días atrás había bajado de la furgoneta del trabajo, como siempre con la gorra encasquetada, botando un flamante esférico que me entregó -pasaba yo por la plaza- en ese mismo momento.

Formamos los equipos. Quiso el sorteo que la Muerte quedase encuadrado entre los rivales, cosa que no me gustaba nada, porque calzaba unas botas altas de durísima puntera. Sus patadas dolían incluso si no te alcanzaban, por la mera onda expansiva del aire. Hasta el roce invitaba a la queja. Más de uno le había recriminado que no era de recibo jugar con ese calzado casi militar, pero ya sea por escaso fondo zapatero o por otras ignotas razones, la Muerte seguía trayendo al poli las mismas botas bastas.

Era la Muerte tres años mayor, pero a menudo jugaba con nosotros: futbolista pésimo, patuleto, los de su edad lo excluían de sus equipos. Le subrayaba la nariz un bozo salvaje que medio pueblo, de forma unánime, coincidía en señalar que debía afeitarse. Pero él se resistía. Era duro y noble, de una contundencia torpe y sin dobleces.

Arrancó el partido. En un lance del juego, a causa de un disparo desnortado, el cuero se fugó de la pista por uno de los agujeros que diezmaban la tela metálica tras la portería. Transitaban por allí unos muchachos a los que el balón asaltó en su errabundaje. Con un grito les conminamos a que nos lo echaran ellos mismos, para abreviar, de una patada. Uno de ellos, sin embargo, dijo: venid vosotros por él. El tono ya permitía augurar que se avecinaban problemas, pero en el fragor de la disputa, encendido y sudoroso, no me percaté. Yo mismo me acerqué a buscarlo, pero los muchachos, con ganas de marear, me lo tendían y, cuando me acercaba a atraparlo, se lo pasaban entre ellos.

Tres eran. Pasado cierto lapso de tiempo, todos concluyeron que el partido no tenía visos de reanudarse, y mosqueados se acercaron en conjunto a comprobar qué sucedía. A excepción de la Muerte, la terna nos sacaba a todos más de un lustro. Se divertían toreándonos, un poco malévolos, con mirada aviesa. Uno de ellos, con trazas de cabecilla, nos mostró una navaja medio en broma. Eso llevó a que retrocediésemos: las farragosas negociaciones prosiguieron a una distancia prudencial, aunque en el fondo suponíamos que no tenían intención de rajar a nadie. Los movían, se diría, fines intimidatorios. De haber pasado algún adulto por allí, tal vez -con algo de suerte- habría intercedido en favor nuestro, pero la zona se hallaba desierta.

La mayor parte del grupo se fue dispersando entre bufidos de decepción. Quedaron conmigo tres o cuatro, curiosos tal vez por ver en qué paraba aquello más que deseosos de que uno recuperara el balón nuevo. Entre ellos se hallaba la Muerte, que torció el gesto contrariado por el panorama y pateó el plástico de una bolsa de pipas que alguien había arrojado al suelo. A mí me dolía algo, pero no sabría determinar dónde.

Los tipos nos hacían creer que nos iban a devolver la pelota pero al momento siguiente se mofaban, susurraban entre ellos, reían de forma criminal. En un momento dado, uno se bajó los pantalones y empezó a mearse sobre el balón. Una mata de pelo le cubría el escroto. Los otros dos, condicionados tal vez por la visión del chorro dorado, hicieron lo propio. Con mucha humillación y pocos años, asistimos a la triste escena echándonos las manos a la cabeza. El balón terminó empapado, por mucho que parte de la orina rebotaba y salía despedida. El bochorno, sin embargo, no me impidió observar cómo dos de mis compañeros de clase se reían un tanto divertidos, aunque con cierto disimulo, ante el cariz dramático que el trío intratable, zahareño, había acabado confiriendo a la tarde. Tal vez les pudo el morbo, pero la traición a mí me hirió casi más que el martirio infligido a mi balón nuevo. Se trataba de los primeros vagidos del desengaño vital que me fue impregnando después, con los años.

“¿No queréis la pelota? …Ahí la tenéis”, acabó por decir el líder de los tipejos al tiempo que la terna, en conjunto, retrocedía unos metros y amagaba con marcharse, dando por terminado el litigio.

Dubitativo, no sabía si acercarme o se trataría de un cebo. La Muerte, en cambio, desde la atalaya que le proporcionaba su edad, lo vio claro. Dijo que era una trampa, y zanjó: “vámonos”, al tiempo que me echaba el brazo por el hombro y, resolutivo, convino en que sólo podíamos marcharnos lejos de allí.

Al contrario que mis colegas, la Muerte había actuado con increíble fidelidad, pese a que nos veíamos mucho menos. Entramos a su casa y pasamos un rato jugando a la Nintendo. Yo no dejaba de pensar en todo lo sucedido, pero desde ese día me convertí en un buen amigo de la Muerte.


LA MONEDA DE EURO

Ahora que lo pienso, en ese momento ni siquiera tenía hambre. Me acordé sin más de la máquina de bebidas y snacks y me planté ante ella. La hora ayudaba; es cierto. El caso es que no llevaba mucho suelto. Rebuscando encontré cincuenta céntimos, que sumados a dos monedas de cinco completaban los sesenta que costaba una palmera de chocolate. Pero la máquina no estaba por la labor: aceptó la de cincuenta pero me devolvió las de cinco, que volví a insertar en un segundo y tercer intento. “Mierda”, mascullé. No había manera. Tendría que introducir un euro con la esperanza de que el armatoste aquel me vomitase el cambio. Con fuerza lo impulsé por la ranura, pero lo fagocitó sin liberar el dulce de sus garras de acero. Le propiné unos golpecitos en el lado. Sin éxito. Hija de puta, vocalicé muy lento en tono perfectamente audible. Volví a golpear aquel estúpido cacharro negro, pero estaba intratable.

Así que me tuve que acercar a preguntar. ¿Iba a dejar perder un euro porque a aquel mamotreto de acero se le antojase sustraérmelo? La chica me sonrió al instante desde detrás del mostrador. Le di las buenas tardes y le expliqué que la máquina se había tragado una moneda.

-¿La máquina del pasillo? -preguntó, como si hubiera otra-. Esa la llevan Gallardo y Gallardo, nosotros no tenemos nada que ver.

-Pero mira -insistí-, ha sido un euro, una simple moneda de euro. ¿No me la puedes devolver?

-Puedes llamar por teléfono a Gallardo y Gallardo -volvió a salir por la tangente-. El número está grabado en la máquina, en una chapita por encima de… -hizo un gesto para que yo lo visualizara, y a cambio dejó sin terminar la frase- También… El reponedor viene cada dos días. Lo que podemos hacer…, tú me das tu nombre, lo apunto aquí, me dices la cantidad que se ha tragado, y yo le paso la nota cuando vengan.

-Un euro -le recordé-. Se ha tragado una moneda de euro.

Arreglado el asunto, o más bien pospuesta la solución para más adelante, regresé a la pista polideportiva, donde mi hija de siete años se desplazaba de un lado a otro sobre sus patines de línea. Grité su nombre. Cuando me miró, me despedí con el brazo. Hizo lo propio deteniéndose un instante, sin un atisbo de sonrisa. La semana siguiente la iba a volver a llevar con el grupo de patinaje; aprovecharía para recuperar el euro de la máquina. Es cierto que se trataba sólo de un euro, pero era mío. La máquina se lo tragó: me pertenecía.

Hacía dos semanas, por cierto, que mi vida conyugal había dado un fatal giro: encontré a mi mujer acostándose con otro hombre. En mi propia casa. En mi propia cama. Sin esperar explicación alguna, recogí mis cosas y me marché. Sé que reaccioné como un estúpido. Aún debía resolver el tema de la hipoteca, los electrodomésticos, los muebles que compramos con mi dinero, pero no se crean que en ese momento me apetecía mucho tratar con esa indeseable. Por no hablar de nuestra hija. Me fui a vivir a un ático ridículo, que me resistía a dejar para volver con la cabeza gacha a casa de mis padres, acontecimiento que tendría lugar, si mi suerte con el dinero no cambiaba, a no mucho tardar. De vez en cuando, mi todavía esposa me telefoneaba. Yo miraba su nombre en la pantalla iluminada y vibrante pero no descolgaba, en realidad me venían ganas de revolearlo contra la pared. Qué carajo quería, después de todo.

Mi situación era poco menos que crítica. Acababa de perder un trabajo al que entré luego de un prolongado período de paro, de modo que había agotado las ayudas gubernamentales y no me encontraba en disposición de solicitar un subsidio. Además, todo el tema de la crisis nacional me daba ganas de vomitar. La crisis, la-cri-sis. Ese eufemismo para lo que venía siendo una simple estafa, un mero envilecimiento de los peces gordos.

Que si subidas de impuestos y bajadas salariales, que si políticos trincando, que si escándalos de financiación y tesoreros, que si casas vacías y familias arrastradas fuera de las suyas, que si pérdida de derechos, que si dinero público para los bancos, que si nuevas subidas de impuestos y nuevas bajadas salariales, que si gente preparadísima emigrando a espuertas por falta de trabajo, que si recortes en hospitales y en colegios, que si puertas giratorias, que si la factura de la luz, que si la gasolina, que si enchufismo, que si restricciones al derecho de manifestación, que si ahondamiento en la falla entre ricos y pobres, que si otra vez la factura de la luz, que si tasas judiciales… Tantas cosas, tantas otras que olvido, qué se yo… El capital una y otra vez por encima de las personas.

Muchos escándalos, noticias que acumuladas día tras día llevaban a un estrangulamiento lento y doloroso, le removían a uno las tripas y lo instalaban en el desespero, por no hablar de la patada continua a la ya de por sí mermada dignidad. No era yo asiduo de manifestaciones o escraches, pero todo esto me repateaba. ¿Que soy de izquierdas? Es probable, pero al margen de identificaciones con uno u otro partido, sentía que aquella moneda de euro que se había tragado la máquina era la gota que colmaba el vaso, y yo no estaba dispuesto a aguantar un abuso más, por mínimo que fuera, no pensaba bajo ningún concepto darla por perdida.

De modo que, a la semana siguiente, cuando volví a acercar a mi hija a patinar, fui a recuperar el euro. La chica de detrás del mostrador se hizo la tonta, no sabía nada. Ah, claro, yo y mi despiste congénito, comprendí al cabo: no era la misma de la semana anterior. Le volví a explicar todo. Me escuchó con una sonrisa mal disimulada y me dijo que volviera otro día.

Esperé a que mi hija terminara. Tenía hambre pero me negaba a pagarle un céntimo más a la dichosa máquina. Así que cuando acabó la llevé a merendar a una cafetería. Se pidió un donut y un colacao. Mientras se lo tomaba, la miraba y no me explicaba cómo de mí y de su madre había podido salir algo tan angelical. Dios, cómo la quería. La naturaleza es verdaderamente milagrosa. Y el mundo, a ratos, tan acogedor que uno piensa que puede llegar a tener cabida en él. Pero son momentos fugaces, un bienestar que no enraíza, y la mayor parte del tiempo uno se ve desencajado, al margen.

De vuelta del baño, mi hija vio un peluche de Doraemon en la máquina expendedora y se encaprichó con él. Le expliqué que era muy difícil atraparlo, que esas máquinas estaban trucadas, pero aun así eché un euro y lo intenté. Un fracaso: el muñeco estaba casi tumbado y había que agarrarlo con las pinzas por el monocóptero. Volví a intentarlo, y otra vez, pero no había manera.

Me empeciné y cambié un billete de diez en monedas, pero ni por esas. Por más que me esforzaba, el gato cósmico se me resistía. Pero soy terco, es un hecho: cuando me propongo algo no paro hasta conseguirlo. Llegó un momento en que mi hija se cansó de mirar, con la cara pegada al cristal, cómo su padre fracasaba, y se volvió a la mesa. Le pedí otro donut y volví a la tarea, pero nada. Apuntaba bien con la grúa, pero los ganchos tenían menos fuerza que cuatro pelos de culo. Había que fastidiarse: ascendían siempre dejando caer el peluche. Lo típico.

Detecté algunas miradas burlonas alrededor. Las hubiera espantado con un comentario de no estar mi hija delante. Al cabo me acerqué al camarero y me quejé. Me replicó; yo insistí. Le acabé dando otros diez euros y accedió a abrirme la máquina para entregarme el muñeco. A esas alturas a ella ya casi no le hizo ninguna ilusión.

Antes de devolverla paré, de paso, a repostar. Me serví sin enguantarme, bajo aquella luz blanquecina de depósito de cadáveres. Al cabo, arranqué el coche y bajé el cristal para pagar en ventanilla.

-¿Has echado veinte? -me preguntó la chica, maquillada hasta las orejas y con su nombre en la típica chapa sobre el pecho.

Se me escapó una risita amarga.

-Pues tú sabrás. Adivina.

Siguió mirando pantallas con cara perdida.

-O poned un puto gasolinero, coño, que tampoco cuesta tanto -dije antes de soltarle un billete de veinte. Aceleré y salí pitando.

Me avergonzaba hasta la náusea hablar de ese modo delante de mi hija, pero no hubo más remedio, aquella tipa me atacaba los nervios. Tras dejarla ante la puerta de su madre, sin intercambiar una palabra con ella como de costumbre (ella lo intentó: “no seas tonto… vamos a hablar”, dijo), salí a tomar el aire fresco y me di el capricho de comer fuera, aunque sólo fuera un kebab.

Había un par de chicas en la parte del mostrador a la que me acerqué. No debían tener ni dieciocho.

-Buenas -saludé.

Me escrutaron con disimulo y al instante se miraron entre risas, con cierto aire despectivo hacia mi persona.

Ni que les hubiera dicho guapas. Joder, ¿es que ya no se puede saludar al llegar a un sitio? Salvo un calvo algo mayor que yo con uniforme de basurero, el local lo llenaban jóvenes que rondarían la mayoría de edad, así que uno andaba, para variar, fuera de onda.

Llevaba unos días imprimiendo currículos, y remirando ofertas de empleo en Infojobs y sitios varios. Me había inscrito en procesos selectivos, pero tener más de treinta me perjudicaba. Por lo pronto, me dejaba fuera de los planes de empleo que los politicuchos habían lanzado para maquillar la vergonzosa tasa de paro juvenil. Se esperaban ayudas para mayores de treinta, pero faltaba por ver si mi caso se ajustaría a los requisitos. Me comí aquel cóctel calórico en silencio, mientras me llegaba de la televisión música árabe festiva, como de Los 40 principales pero en turco.

Caminando, de vuelta a casa, pasé por el centro comercial. La música en el aparcamiento al aire libre, ya semidesierto, me atrajo. Deambulé gratuitamente entre los coches a la caza de algo que me sacara de la grisura del día. La temperatura no era mala.

Tuve una suerte del copón. De pronto comenzó a sonar en los altavoces una canción de Extremoduro que me gustaba, y empecé a vocear la letra. Me olvidé de mí mismo, libre por un momento de inmundicia, abandonado a la música en la explanada vacía.

Fue un subidón. En algún momento percibí la cercanía de un grupo de gente, seguramente escupido por una de las puertas de salida de los multicines. No me importó una mierda que me vieran agitándome como un loco, y continué como si nada, poseído por la música, dejando que mis extremidades se expresaran, con movimientos excéntricos y desinhibidos, hasta que la canción terminó y me cortó el rollo una de Antony & The Johnsons.

La siguiente vez que fui a recuperar el euro no había patinaje: un lunes, uno de esos típicos lunes de mierda, ya me entienden. Estaba solo en casa, viendo waterpolo en diferido en Teledeporte mientras comía pipas, cuando de pronto se me acabó la poca paciencia que me quedaba. Igual fue cosa del invierno. El atardecer, los días cortos… Ya se sabe.

Salí caminando, tan tenso como un haltera en el momento de levantar el peso. Pensaba: relájate, que se va a liar. Y me relajé. Tuve que andar un buen rato en distintas direcciones, pero me desahogué. No quería montar un numerito, dicho sea en detrimento de la espectacularidad de esta historia, pero en beneficio personal mío.

No obstante, no lo conseguí del todo. Me fui hacia la máquina y luego fingí, ante el chico tras el mostrador (sí, lo habían vuelto a cambiar), que acababa de perder un euro en ese mismo momento. De nuevo se hizo el desentendido. Malditos burócratas… Creo que le solté una diatriba alegando que no era la primera vez que me pasaba, quejándome de que nunca me devolvían lo que la máquina se tragaba, que si iba a comisión o qué, ¿tanto le costaba darme un euro y pedírselo a los reponedores?

Debí alzar la voz, porque el guardia de seguridad se plantó allí y le preguntó al chico si había algún problema. Encima era un pecoso imberbe con pinta de haber hecho la comunión hace un rato. Lo que hay que aguantar. Le expliqué la situación, pero el guardia ni metió ni quitó baza. Con la firmeza que le imbuía su asqueroso uniforme planchado, me fue señalando con una mano la salida mientras con la otra me cogía por el hombro.

-¡Que no me toques, coño! -chillé.

Se detuvo en seco, dejando claro que no me aguantaría ni una más, y yo pillé la puerta sin agregar nada.

Ya no podía volver a casa; la sangre me hervía.

Me había fijado, en la chapita de la máquina, en la dirección de las oficinas de Gallardo y Gallardo, y hacia allí me dirigí. Qué se habrán creído. Era ya noche, última hora de la jornada, y temí que no estuvieran ya trabajando. Pero, al menos en eso, tuve suerte.

Por el camino empezó a llover. Nada grave, una nube pasajera. Pero vaya si apretó. Llegué a Gallardo y Gallardo empapado y seguramente despeinado (tan acelerado iba que no revisé mi aspecto).

Con esa pinta me planté ante el primero que vi: un tipo de barba canosa, que tecleaba quién sabe qué en un ordenador. Le conté mi problema. Empezó a decirme que no tenía por qué estar allí, que esas pequeñeces se solucionaban en el lugar de la máquina, que te reintegraban la cantidad al momento… No sé qué más, porque interrumpí su cháchara con un puñetazo sobre la mesa.

Le dije que no estaba allí por capricho, que me devolviera mi puñetero euro. Me observó un instante, mientras lo miraba fijamente a los ojos, considerando quizá que estaba dispuesto a todo. Mi cara debía ser entonces la de un lunático desquiciado, un desesperado. Pude notar cómo desplazaba su mirada hacia distintos puntos de mi cabeza: el pelo mojado, la mirada seguramente iracunda, el labio tenso. Como si apelara a mi agonizante dignidad diciendo: mírate. Pero sin soltar una palabra, echando la vista para otro lado, se sacó del bolsillo un euro, con soberana indiferencia, y me lo puso al alcance de la mano. Lo tomé y salí de allí, con la satisfacción de haber ganado una batalla.

Seguí caminando por las calles, ansioso y lleno de rabia por todo, asqueado de mí mismo, consciente de que no iba a cambiar mi suerte en este mundo. Iba jugando con la monedita entre los dedos, primero en el bolsillo, luego fuera. Caminé y caminé entre la gente, a pasos cada vez más largos y más furibundos, hasta el límite que permitían mis miembros.

Llegado un punto, sentí que estaba empezando a llorar. No me importó ni me dio vergüenza. La vista de la ciudad -semáforos, faros de coches, neones de restaurantes- se me nubló, y de cuando en cuando me restregaba la mano con amargura como quien acciona los limpiaparabrisas. Todavía recordaba la cara que había puesto el tipo barrigón al devolverme el euro, cómo me hizo sentir peor que un mosquito, la cosa más insignificante sobre la tierra.

El caso es que, después de todo, el euro empezó a no importarme. Era un mísero trozo de metal, y por un momento se me ocurrió arrojarlo al aire con rabia, sobre la multitud, mientras cruzaba una calle peatonal atestada. No lo hice, pero tampoco me importó una mierda cuando, en un momento dado, la monedita se me escapó de entre los dedos, por donde la seguía pasando en mi estúpido juego, y cayó a la calle.

Rodó por el suelo como a cámara lenta, en dirección a la reja de una alcantarilla, por donde pronto se precipitó y se perdió en las cloacas -ni siquiera me sobresalté-, directa a las cañerías, a las tripas de una ciudad ingrata que no dejaba de sacar lo peor de mí y de escupirme en las entrañas.


 

©Jesús Artacho. Todos los derechos reservados. 2018